Y amaneció el último día del viaje. A las 12.30 salía el taxi para el aeropuerto y a la 15.00 salía el avión.
Los nuestros bajaron a desayunar según el horario habitual. La sala de desayuno estaba muy, muy llena.
Se habilitaron nuevas mesas en pasillos y demás para dar de comer a todos los hambrientos huéspedes. Aún así había cierto nerviosismo en el ambiente. Un par de personas se enfadaron con los camareros porque no tenían sitio o porque no eran atendidos con suficiente velocidad. Son formas de sobrellevar las vacaciones. Hay gente que no deja de estar estresada ni en un hotel de Bilbao, en un día de fiesta y ni a muchos kilómetros de casa.
Nuestros héroes almorzaron con normalidad y, al terminar subieron a sus habitaciones a hacer las maletas. Fede, Gilbert y Kiko salieron a la calle a buscar algunos bocadillos. Como tenían que comer en el aeropuerto y no querían que cada bocata les costara una fortuna, decidieron ir a la sala de espera ya con los bocadillos de casa. Los comprarían en cualquier sitio de Bilbao y se los llevarían en una mochila.
Los tres buscadores llegaron a Corte Inglés, al lado del hotel y pasearon la gran vía López de Haro arriba y abajo buscando algún local de bocatas abierto. Era 15 de agosto a las 9.30 de la mañana. Bilbao estaba desierto. Era como la Gran Vía de Madrid en la película "abre los ojos", que aparece vacía sin una sola persona. No había ni un alma.
Paseando llegaron hasta el puente de la Ribera y hasta el Teatro Arriaga. Alguna panadería estaba abierta pero solo vendían pan. No había mezcla para los bocadillos. De repente, a lo lejos, una persona venía hacia ellos, ¡y llevaba una barra de pan bajo el brazo!. Los nuestros fueron a abordarlo. Imagina la cara que podría el comprador de pan cuando las tres únicas personas que andaban por la calle iban hacia él con cara inquisitiva.
- Buenos días. ¿Sabe donde podemos comprar bocadillos por aquí? Estamos buscando algún sitio y no encontramos nada.
- Buenos días. Pues no sé. Yo he ido a la calle Jardines a comprar este pan. No he visto nada abierto.
Parecía cono si los extraterrestres hubieran abducido a todo el mundo menos a estos tres héroes..
El destino de los nuestros pasaba forzosamente por la calle Jardines. Ander, el guía del free tour les recomendó algún restaurante de esta calle para comer carne. Ellos habían ido a comer a esa calle todos los días que habían comido en la ciudad de Bilbao. Y ahora el único ser vivo de Bilbao les guiaba hacia la misma calle. Algún misterio se escondía allí.
Como a nuestros tres turistas les daba un poco igual adonde ir, se dirigieron a la calle Jardines a ver si compraban seis bocatas para el grupo. Por el camino siguieron sin ver un local abierto, pero ya había algún se humano deambulando por la calles. Pocas personas, pero algunas sí.
Esta vez la calle Jardines no solucionó los problemas de los nuestros. La panadería sólo vendía pan, así que Fede, Gilbert y Kiko se volvieron hacia el hotel sin haber solucionado el encargo que llevaban. Ni siquiera volviendo por otro camino les ayudó a encontrar alguna tienda.
Quizá los bocatas del aeropuerto no fueran tan caros.
A la vuelta al hotel, se acabaron de hacer las maletas y todos bajaron a recepción. No había tiempo de dar una vuelta por ahí. Además, para lo que había que ver. Una ciudad desierta que daba mas miedo que gusto. Así que se quedaron en la agradable terracita del propio tomando cervezas. Pronto vendría el taxi a por ellos.
El taxi llegó puntual al hotel. La misma simpática chica que días atrás había hecho el trayecto de ida iba ahora a llevarles de vuelta. Durante el viaje, nuestros aventureros contaron a la conductora lo bien que se lo habían pasado y la cantidad de cosas que habían hecho.
Puntuales, con tiempo más que de sobra, llegaron al aeropuerto y se despidieron de la taxista. Encontrar el mostrador para facturar y pasar los controles de seguridad fue pan comido.
Una vez pasados los controles, los nuestros buscaron una cafetería más o menos cómoda y se compraron un bocata. No fue tan caro. Después de pasear un rato, por fin llamaron para embarcar y nuestros turistas entraron al avión. Marifé ya estaba en modo concentrado.
El vuelo fue relativamente agradable. Todo perfecto salvo dos toboganes de varios metros que cogió el avión en medio de turbulencias. El corazón de los nuestros subió hasta sus gargantas. todos apretaron las manos a sus reposabrazos y no los soltaron hasta aterrizar. No preguntaron nada a Marifé por si les mordía.
Una vez aterrizados y en la sala de espera de las maletas, Gilbert llamó al transporte del parking para que viniera a por ellos. Un ratito hasta el parking y una horita hasta Castellón con el gps, porque había obras en la autovía de acceso al aeropuerto y estaba habilitado un desvío. Sin problemas.
Ahora tocaba relajarse y descansar.



