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6. Lunes


Esa mañana costó un poco más levantarse. El cansancio iba haciendo mella y quien más
quien menos sufría agujetas en mayor o menor grado. Eran ya mucho kilómetros los que se habían recorrido en Bilbao en los últimos días, pero aún quedaba tiempo para hacer cosas y había que estar a la altura.

Ese día pintaba más tranquilo que los otros, por lo menos en lo que tocaba de andar. El plato fuerte era un crucerito por la ría de Bilbao. Esto sonaba a estar sentado. ¡Bien!

Los nuestros desayunaron abundantemente, como todos los días. Había que reponer fuerzas para aguantar la mañana. Una vez acabaron, salieron del hotel para encaminarse a donde estaba el barquito del crucero. El lugar de salida era la plaza Pío Baroja, que se encuentra justo al lado de la ría, entra los puentes del Ayuntamiento y Zubizuri.

El barquito en cuestión tenía dos plantas, una superior despejada y la inferior con techo (evidente). En la información de la reserva del crucero ponía que si se quería acceder a la cubierta superior era recomendable estar media hora antes de la salida en el embarcadero porque se solía llenar enseguida. Los nuestros llegaron tres cuartos de hora antes y la cola ya era inmensa.. Parece que todo el mundo tenía esa información. Lo tendrían complicado.


Habían varios barcos esperando pasajeros y, cuando avisaron del que se abría al público al de nuestros grumetes, éstos salieron corriendo hacia la persona que escaneaba las reservas y adelantaron muchos puestos en la parrilla de salida. Aun así, cuando entraron en el barco, por pelos no pillaron sitio arriba. La tercera edad es muy avispada y estaban más al loro que los nuestros. Las personas mayores, con esto de los viajes del Imserso estaban mucho más entrenadas que nuestro grupo, que ya estaba tocado por tres días de viaje llenos de excesos físicos y gastronómicos.
El vientecito de la mañana regalaría más de un constipado a los de arriba.


Al final las tres parejas se sentaron dentro del barquito. Releyendo las reservas que tenían descubrieron que
había un descuento del 30% en las bebidas que se vendían en el crucero. Cuando vieron los precios de la cerveza se dieron cuenta que ¡allí estaban las birras más baratas de Bilbao! Creo que cada una costaba alrededor de 1,60 €, ya con la rebaja incluida. Porque era por la mañanita y había que ser comedido, porque si suben al barco a la hora del aperitivo o cara a la noche, habrían dejado temblando la nevera de las cervezas.

El barco tenía un dispositivo automático de explicación de las cosas que se iban viendo. Te conectas a una web y allí van saliendo audios de los lugares por donde se pasa. Durante el trayecto de ida explicaban los lugares por los que pasaban de la margen derecha de la ría y a la vuelta hablaban de los sitios de la margen izquierda. Todo supercontrolado. Nuestros turistas llevaban auriculares para escuchar las explicaciones.


El navío se puso en marcha y nuestro grupo rápidamente se levantó y se
fue al exterior. Ya no se sentarían en su sitio en todo el crucero. Estuvieron un poco rato en la proa y todo el resto en la popa. Es que delante hacía mucho viento y detrás se estaba divinamente. A ver si los de arriba cogían una pulmonía.


El recorrido del crucero pasa por delante de todos los pueblos de la ría, que conforman lo que ha venido a llamarse el Gran Bilbao. Bilbao ciudad tiene cerca de 350.000 habitantes y el gran Bilbao llegó a tener alrededor de un millón. Durante todo el trayecto se va pasando por pueblos prácticamente pegados. Todos ellos crecieron desmesuradamente a la sombra del boom industrial del siglo XX. Altos hornos, siderurgia, minas y todo lo que eso arrastraba ayudaron a dar prosperidad a estas localidades.


Ahora seguían siendo muy grandes, pero menos. Tuvieron su época de paro y crisis profunda ya hace algunos años. Por ejemplo, Baracaldo tenía casi 120.000 habitantes en 1.980 y ahora se ha quedado en 100.000. Sestao ha pasado de casi 40.000 de los 80 a 27.000 de ahora. La gente se va a buscarse las habichuelas a otros lugares cuando aquí no hay trabajo.

Por el margen derecho vieron Erandio, Lejona, Guecho y Berango y por el margen izquierdo aparecieron Baracaldo, Sestao, Portugalete y Santurce.


La verdad es que la ría da un poco de pena. Empresas y empresas cerradas, edificios vacíos con los cristales rotos. Los altos hornos son una sombra de lo que fueron con grandes barcos descargando chatarra para "reciclar". A finales de los años 80 apareció la siguiente noticia: "Los vertidos de ocho grandes empresas hacen del Gran Bilbao la comarca más contaminada de Europa". En aquellos años era raro ver el sol en Bilbao. O estaba nublado, o llovía agua sucia, o el cielo estaba tapado por todos los humos de las empresas de la ría. Esto cambió gracias (o desgracias) a las crisis de fin de siglo XX, que hundieron este tipo de empresas y echaron al paro a decenas y decenas de miles de vascos y migrantes. Con el hundimiento de las empresas vino el hundimiento de los pueblos. El entorno de la ría todavía no se ha recuperado de este drama. Imagino que tendrán que pasar muchos años para poder ver estos parajes volviendo a lucir el esplendor que seguro que tenían antes que el ser humano lo sobreexplotara y lo abandonara.

Nuestro barquito llegó casi hasta el mar. Pasaron por debajo del puente de Vizcaya, ese de hierro que el grupo viera dos días atrás. Allí, junto a mar abierto, había un auténtico crucero de esos gigantes. Igual era parada para llevar o sacar turistas a o de Bilbao. Mirando en internet hay un crucero que sale de Bilbao varias veces al mes, y por 1.500 € te lleva desde Bilbao a Emiratos Árabes, con paradas en los principales puertos del Mediterráneo. Si hay oferta es que hay demanda. Es que los de Bilbao son amigos de estos grandes proyectos de aventura, seguro.


Cerca del mediodía se llego al final del viaje. Una actividad relajante con cervecitas incluida y sin tener que caminar. Un acierto. Ahora los nuestros, como ya se sabían el camino casi sin mirar, fueron al casco viejo a por la cervecita del aperitivo. Encontraron un barecito un tanto alternativo que tenían cerveza Damm de tirador. Era el Txomin Barullo. Allí tomaron cerveza y gildas con un gran Groucho Marx presidiendo la estancia.

Para comer, nuestros aventureros no se rompieron demasiado la cabeza. Fueron a la calle Jardines, donde días antes se habían tomado un gran chuletón, y buscaron un restaurante de menú. No había muchas ganas de seguir tragando grandes viandas. Con comer algo bueno y no demasiado, tenían bastante. Al final comieron en el Restaurante Gorbea, tras esperar un poco.

El menú estaba bastante bueno. Una berenjena al horno y bacalao al pil pil para Inma que lo tenía pendiente.


Tras la comida, ya no tenían tiempo para ir al hotel a descansar. Tenían hora en el Guggenheim para las 18.00 pero podían ir un poco antes. Así que, paseando sin prisas, fueron hasta el museo por el margen derecho de la ría, por el paseo del Arenal. El camino fue muy agradable y digestivo.


De camino al gran museo pasaron por el famoso puente de Zubizuri, diseñado por Santiago Calatrava. El diseño es muy de su autor. Todo en blanco, es en un arco inclinado que une dos plataformas, con rampas de acceso y escaleras, que sostiene con cables de hierro la estructura peatonal con suelo acristalado. Como pone en internet, un puente tan icónico como polémico. El arquitecto valenciano se llena de polémica cada vez que ejecuta un proyecto. En este caso también lo fue.



El puente fue inaugurado en el año 1997 ante un público Bilbaíno entregado. El puente formaba parte de la modernización de una zona de Bilbao que se ganaba a un área industrial y muy degradada. E
l Guggenheim, casi al lado, estaba a punto de ser inaugurado también.


La primera polémica se produjo cuando algunas personas de Bilbao se rompieron huesos al resbalar por el suelo del puente que era de cristal. Además, también hubieron losas de vidrio que se rompieron. Desde el Ayuntamiento se trató de poner solución al problema cambiando las placas por cristal no deslizante y al final se optó por poner una moqueta por encima de todo el suelo del puente. Con lo lluviosa que es la ciudad, no había ninguna otra solución.



La otra polémica fue cuando el Ayuntamiento hizo una modificación al puente para conectar éste con las Isozaki Atea, un complejo de edificios diseñado por los arquitectos Arata Isozaki e Iñaki Aurrekoetxea justo delante del puente. Esto molestó mucho a Santiago Calatrava que denunció al consistorio por daños morales. Al final ganó Calatrava..


Aún con sus polémicas, los nuestros cruzaron el puente, igual como miles de otros turistas y aborígenes que lo hacían todos los días. No hubo problemas ni riesgos. De allí al museo seguía otro paseo, ahora por el margen izquierdo de la ría. Hacía bastante calor pero con el vientecito que te da ir por el lado de la ría, se aguantaba bien.


Por fin llegaron al Museo Guggenheim. Diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry e inaugurado en 1997.


La inauguración de este museo causó un impacto extraordinario en la economía y la sociedad vasca, impulsando el turismo en la región y promoviendo la revitalización de múltiples espacios de Bilbao.​ Todo este fenómeno, bautizado por los medios de comunicación como «efecto Guggenheim» o «efecto Bilbao»,​ ha puesto de relieve la importancia del turismo cultural en el desarrollo y modernización de una ciudad y sus inmediaciones.



La llegada al museo fue por la parte de abajo, por la ría. Es la más impresionante, desde allí se ve el museo en su plenitud, con todas las paredes curvas de titanio, caliza y cristal. La primera foto de nuestro grupo fue debajo de "Maman", la araña gigante de Louise Bourgeois, donde cabían perfectamente nuestros seis aventureros. El museo es muy grande y lleno de cosas así que, para mejorar la calidad de la visita, ésta se hizo por parejas. Así cada uno se paraba en donde más le interesaba e iba utilizando su tiempo en las cosas que más le atraía. En el día que nuestros aventureros entraron en el museo, estaban todas las exposiciones permanentes y, de forma temporal se exponían trabajos de Lynette Yiadom-Boakye, mujer británica que pinta muchos negros. Oskar Kokoschka, pintor expresionista austríaco y la japonesa Yayoi Kusama. La visita fue muy interesante, tanto en el material expuesto, del que nuestros turistas no eran ni mucho menos expertos (ni aficionados tampoco), como en el propio edificio, impresionante en si mismo.





La visita duró un par de horas. Al salir, el grupo fue por la otra parte del museo y los nuestros se hicieron varias fotos con el perro Puppy, escultura floral moderna realizada por el artista estadounidense Jeff Koons que, con sus gigantescas dimensiones (12,4 x 12,4 x 8,2 metros) y sus 16 toneladas se ha convertido desde su inauguración en 1.997 en la estrella exterior del museo.


Los aventureros dieron por acabada la visita cultural y volvieron al hotel andando a descansar un poco. El hotel estaba lo suficientemente cerca como para ir andando pero lo suficientemente lejos como para notar la distancia.


Ya anochecido, las tres parejas volvieron a salir para buscar un sitio para cenar. Era la última noche en Bilbao y no podían perder el tiempo. Era lunes, un poco tarde y víspera de fiesta con lo que todos los locales o estaban a reventar o estaban cerrados. No fue fácil encontrar un lugar para cenar. Al final, cerca dela plaza de Unamuno, en el Bar la Muga consiguieron una mesa alta con taburetes donde comer y beber a gusto.



El local estaba bastante lleno de gente joven, y del propio Bilbao. Era más un bar de barrio que un bar de turistas. Una vez dentro, varios diplomas aseguraban que este bar se había llevado el premio o al mejor pintxo burguer de ese año. Se cenó bien.


Como siempre, tras la cena, se agradeció una retirada a dormir. El cansancio se iba acumulando y ya casi no quedaba sitios en la ciudad para visitar.